¿CÓMO GANAR CONFIANZA EN TI MISMO/A?

Un perrillo que ha sido maltratado no se dejará tocar con facilidad. Será un animal huidizo, esquivo, quizá agresivo. Si queremos acercarnos, acariciarle o incluso, en el mejor de los casos, adoptarlo, deberemos tener paciencia. Acercarnos poco a poco, ponernos a su altura, no hacer movimientos bruscos, hablarle con suavidad… y de esta manera ganarnos su confianza. Puede que nos lleve horas, días o semanas, pero si mantenemos la tranquilidad y la perseverancia podremos observar los cambios que se irán produciendo. Si nuestro comportamiento se mantiene el tiempo suficiente como para que el perrillo se adentre en esta nueva rutina de cariño y bienestar, nos habremos ganado su amistad y nos recibirá correspondiendo el amor que le hemos proporcionado.

En los humanos el proceso es similar. La confianza, tanto en las otras personas como en uno/a mismo/a, se gana a base de atención, de intención y, sobre todo, de constancia.

Habitualmente somos conscientes de este proceso en nuestras relaciones sociales: confiamos, o no, en otras personas según las experiencias que hayamos tenido con ellas y el grado de similitud entre sus valores y los nuestros. También evaluamos si damos segundas -o terceras- oportunidades y con qué condiciones. Sin embargo, no es extraño que nos encontremos perdidos/as cuando se trata de la construcción de nuestra propia confianza.

¿Cómo se da este proceso en nuestro interior?

Los acontecimientos que van teniendo lugar a lo largo de nuestra vida nos acercan o nos alejan a nuestra propia confianza, a ese sentimiento de seguridad, de tranquilidad y determinación tan necesario a la hora de llevar a cabo nuestras rutinas y programar nuestros objetivos.

Y en esta construcción de la confianza tiene mucho que decir la forma en que nos comunicamos con nosotros/as mismos/as, cómo nos hablamos y cómo nos tratamos en relación con esas experiencias vividas. Cuando en nuestro diálogo interno nos decimos cosas como “qué torpe soy”, “no lo voy a conseguir”, “es demasiado tarde” o “es normal que no me quieran”, estamos desconfiando de nuestras habilidades y capacidades. Le estamos diciendo al perrillo maltratado que se aleje, que se esconda, que todo va a seguir igual y nadie le va a querer.

Si, por el contrario, somos más amables, perseverantes y flexibles, cambiando ese diálogo negativo por mensajes como “un error lo tiene cualquiera”, “he aprendido algo nuevo”, “voy a volver a intentarlo” o “puedo hacerlo mejor”, la confianza crece, el perrillo empieza a acercarse y la relación con nosotros/as y con nuestro entorno comienza a mejorar.

Si deseas ganar seguridad, confiar más en ti, sentirte más alegre y convencido/a de tus acciones y decisiones, comienza a realizar pequeños cambios: en cómo te hablas, en cómo piensas, en la intención con la que haces aquello que haces. No tengas prisa, igual que el perrillo apaleado no se te acercará moviendo el rabo la primera vez que le pongas comida, por muy suculenta que ésta sea, enfrentarte a tus propios miedos e inseguridades también va a requerir paciencia, determinación y, sobre todo, ¡mucho amor!

Los altibajos, las crisis y las dudas son parte del proceso de aprendizaje y cambio. No hay atajos, ni consejos milagrosos… Date tiempo… ¡Y confía!

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