LAS PALABRAS SON COMO LAS CERVEZAS…

Unas son clásicas, llevan mucho tiempo formando parte de nuestra vida, conocemos bien su significado/sabor. Hay quienes las utilizan más y quienes menos, pero sus efectos pueden ser muy diferentes según la persona que haga uso de ellas, por ejemplo:

            * Perro: para alguien amante de los animales supone un concepto amable, causante de alegría, quizá incluso tiene connotación de amigo o miembro de la familia. Sin embargo, para quien ha sido mordido/a por uno, seguramente implique miedo, desconfianza y/o rechazo.

Otras evolucionan y se van adaptando a los tiempos que corren. Nuevas generaciones demandan nuevas señas de identidad y crean nuevos términos, nuevas imágenes, nuevos sabores. Su aparición, aceptación y uso compartido suponen un elemento de unión, de pertenencia, de realidad común.

             * Podemos ver cómo a lo largo de los años (y a lo ancho del territorio) nos dirigimos a un amigo como: compañero, colega, tío, tronco, socio, compadre, hermano, “bro” (brother)…

         * Y observar los cambios sufridos, por ejemplo, por el adverbio “muy”: tope, mazo, súper, puto…

Y hay algunas que, aunque se usan/consumen habitualmente, son tan vagas, tan insípidas, tan imprecisas que poco aportan a nuestro paladar y a nuestra comunicación. Por ejemplo:

            * Bien (y mal). Las usamos a diario para definir un estado de ánimo:
“- ¿Cómo estás?
  – Bien”.

O una opinión:
“- ¿Te gustó el libro?
– Sí, está bien”.

 O un comportamiento: “Me pareció bien lo que hizo”.

Pero no expresan ninguna cualidad, ninguna característica específica, haciendo de nuestra comunicación algo confuso e indeterminado, tan libre a interpretaciones que no debería sorprendernos si nuestro/a interlocutor/a saca unas conclusiones que nada tienen que ver con lo que se esconde detrás de nuestras ambiguas palabras.

Nuestro idioma es rico en adjetivos, ¡usémoslos!

Cuando digo “estoy bien”, seguramente quiera decir: alegre, tranquilo/a, divertido/a, animado/a, entusiasmado/a, inspirado/a, encantado/a, radiante, reconfortado/a, satisfecho/a, orgulloso/a…

Cuando digo “estoy mal”, seguramente pueda sustituirlo por: abatido/a, triste, nervioso/a, decepcionado/a, herido/a, apático/a, asustado/a, confuso/a, disgustado/a, fatigado/a…

A la hora de definir un libro o una película, puedo hacerlo como: divertido/a, aburrido/a, entretenido/a, intenso/a, lento/a, tenebroso/a, lánguido/a, imaginativo/a, previsible, sorprendente, impactante…

Por otro lado, a menudo también utilizamos “bien” o “mal” para describir  determinados comportamientos (propios o ajenos), y en estos casos lo que estamos haciendo es emitir juicios morales. Este uso es fácil de identificar, sólo tienes que sustituir “bien” por “correcto” y “mal” por “incorrecto” y si encajan, estarás emitiendo un juicio. Pero como ya vimos en esta entrada del blog, una comunicación eficaz requiere eliminar los juicios y limitarnos a describir cómo nos hace sentir dicho comportamiento. De esta manera abriremos las puertas al diálogo en lugar de emitir sentencias. Entonces, en lugar de “bien” o “mal”, diré que me genera inquietud o miedo, que me produce tristeza o alegría, que me enorgullece o me alivia, que me preocupa o me genera angustia…

No olvidemos que nuestros sentimientos y pensamientos son como nuestro gusto por la cerveza: diferentes en cada persona. Cuanto mejor los definamos, mayor éxito tendrá nuestra comunicación… ¡y nuestro aperitivo!

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